"Jornadas Centro Oro"
Repensando nuestra práctica - Noviembre de 2009
D-Escribir un juego, jugar, un deseo
Lic. Tamara Dolgiej
Que el niño se expresa privilegiadamente jugando o dibujando es ya un saber popular acerca del psicoanálisis con niños. Se trata de expresiones significantes que se organizan discursivamente en la transferencia. No tienen a veces la dimensión de la palabra, aunque sea a esa dimensión de la palabra que el trabajo del análisis es conducido. No se trata de exigirle al niño que hable, sino de aguardar su palabra como hecho de discurso.
Comienzo enunciando esto para dejar en claro que en el análisis con niños la puesta en marcha del engranaje significante es a partir de cualquier juego y cualquier dibujo. No hay dibujos preferibles al modo de los tests proyectivos gráficos, ni juegos más propiciatorios del despliegue subjetivo. Sé por ejemplo que para algunos analistas los juguetes, la masa, etc. Son más creativos y se prestan más al relato que uno de los llamados juegos de mesa. A mi modo de entender acotar las opciones lúdicas o gráficas según estos a prioris sería como decirle a un adulto que cuente todo lo que se le ocurra dejando de lado ciertas palabras para el armado de sus frases.
Espectadores y audiencia dentro de las coordenadas que delimitan la escena analítica, estamos acostumbrados a pasar de la mirada a la escucha. Pero allí somos convocados una y otra vez también como garantes de una palabra de la que, en tanto intenta en la escena lúdica o del dibujo inscribir algo de la subjetividad en juego, somos necesarios lectores.
Si Melanie Klein justificó la técnica del juego para el niño como equivalente de la asociación libre del adulto equiparándola al sueño, subrayemos que eso abarca el valor pictográfico que destacó en él Freud: un rebús a ser leído.
DESCRIBIR un juego sería una operación del lenguaje que lo enuncia en una secuencia narrativa. D-ESCRIBIR un juego pone de relieve el relato de una “lectura” en juego.
Freud tituló su último manuscrito “Conclusiones, ideas, problemas”. En mi caso lo que quiero compartir hoy con ustedes ha recorrido un camino inverso. Es a partir de los “problemas”, en tanto incógnitas, que me surgieron ciertas “ideas” que articularon algunas “conclusiones” posibles respecto de dos frases que a lo largo de los años he escuchado en sesiones con niños.
Estas dos frases eran al principio “un dato quizás marginal pero que por su insistencia comencé a considerar revelador” (1) ¿Revelador en qué sentido? En el sentido de ubicar al sujeto por su relación al discurso. El niño se posiciona subjetivamente en relación al discurso del Otro.
Primera frase:
Un niño toma el Senku y dice: “Uy, le falta una ficha!” ; otro niño toma el Senku, acomoda las fichas y dice: “Uy, se te perdió una ficha”; otro niño toma el Senku, comienza a acomodar las fichas en los lugares y cuando nota que le queda un lugar vacío tapa con su dedo índice el “agujero” rápidamente y dice avergonzado y casi temeroso: “Parece que se me cayó una ficha en algún lado”. Mientras lo dice su mirada recorre con prisa el piso y los rincones buscándola desolado. Su rostro esbozó una sonrisa aliviada cuando le dije que no faltaba ninguna ficha. Saber de las reglas de ese juego le permitió caer en la cuenta que no había allí en el tablero ninguna desnudez en juego. Podría citar algún otro, pero me parece que es suficiente con estos tres para leer allí una insistencia.
Podemos decir con Lacan que en lo real “nada falta”. Lo que los niños enuncian como falta, como la pérdida de un todo completo que en el imaginario se representa como un tablero con todas sus fichas, deja de ser una preocupación cuando leen las reglas del juego. El tablero y sus fichas dispuestas de tal modo que el lugar central quede vacío responden a lo simbólico de las reglas del juego que redefinen al todo ya no como incompleto. El espacio vacío va a ser el que permita que las fichas se muevan comiéndose con el objetivo máximo de dejar solo una en el centro. Al final en el Senku la destreza mejor puntuada es tapar el agujero, que dicho sea de paso, no es nada sencillo. Imaginario, simbólico y real se entrelazan en torno a la falta.
En las frases de estos niños un problema se anunciaba que me permitió pensar estas ideas que acabo de trasmitir. La conclusión? Propongo como tal entender que se trata de enunciados de niños encaminados en los senderos de la neurosis que articula Edipo y castración.
Segunda frase:
“Vos, ya estás ahí”
Lo curioso de esta frase es que quien la dice es la analista. No fue una sino varias veces que la dije a distintos niños con diferentes juegos. Lo común de estos juegos era que debíamos avanzar según lo indique el número que sale en el dado. Podría ser en el Ludo, el Ludomatic, Serpientes y escaleras, etc. El niño tiraba el dado, supongamos que sacaba el número 5 y comenzaba a contar cinco contando como 1 la casilla de donde partía, el lugar donde estaba su ficha, como si dijésemos: saltaba sobre sí mismo. No se trataba de hacer trampa ni de una falla cognitiva por no saber los números. Cuando les decía que habían avanzado un lugar menos y les hacía la cuenta de los espacios sentía a veces que me miraban de un modo como diciendo: “me estás retando…conté mal”. Contaron mal y no contaron mal. ¿Cómo puede ser? Pues porque cuentan en orden inmejorable la sucesión de números que aprendieron a recitar hasta el cansancio: 1, 2, 3, 4, 5. En este sentido cuentan bien. La cuestión es que al parecer la dificultad está en que “ellos no cuentan”. Niños cuyos cuerpos no ocupan un lugar en el espacio simbólico del tablero. No falta como en el caso anterior una ficha que no se tiene o se perdió. Aquí lo que está en falta es el sujeto mismo.
¿Tendríamos que enseñarle a jugar bien? ¿Qué es jugar bien? ¿Como lo hace todo el mundo, la mayoría, normalmente? O se trata de intentar, por fuera de toda comprensión, conjeturar algo de lo que el juego nos enseña. Nos enseña ¿a quién? A nosotros los analistas. “La enseñanza principal y la más difícil de todas, dice Rousseau, consiste en enseñar la ignorancia” (2), que cabe recordar que para Lacan además es docta.
Debemos recordar que nuestra práctica está por fuera de toda intención pedagógica. “Si de algo está enfermo es de la imposición del otro como Otro del saber absoluto. El está en el lenguaje pero no puede hablar, no puede hablar desde sus marcas; y el reforzamiento educativo produce el efecto de extrañarlo aún más respecto de esas marcas” (3)
En primer lugar querría comunicar lo que concluí de esto del lado del analista. Fue cuando pude lograr lo que Octave Mannoni llama “el grado cero de la interpretación”, que dice, “es la palabra de Sancho a Don Quijote: “Escuchad bien lo que decís” (4), cuando pude interpretar lo que repetidas veces me escuché decir: “Vos ya estás ahí”. Pude pensar mi lugar de analista como el que produce una diferencia en el juego. Yo lo tengo en mi cuenta, yo lo cuento. Yo lo espero en mi deseo de analista ya antes de que él llegue al consultorio con mi batería lúdica. El tiene en mí un lugar donde lo pienso también cuando escribo este, su juego. Supongo allí un sujeto cuando quizás aún no lo hay.
Del lado del niño entiendo cada juego que se produce en las sesiones como un modo de hablar. De qué modo podría alguien enunciar su no lugar.
Como analistas no es que tenemos deseos de jugar, sino más bien que entre a jugar el deseo.
Dice Llyotard: “todo enunciado debe ser considerado como una “jugada” hecha en un juego” (5) Mi apuesta es que toda “jugada” hecha en un juego pueda ser leída como un enunciado. Un enunciado ¿de quién? Del sujeto que habrá sido.
Llyotard finaliza ese capítulo que llama “El método: Los juegos del lenguaje” diciendo: “el lazo social está hecho de “jugadas” de lenguaje” (6).
Citas Bibliográficas:
(1) Carlo Guinzburg, “Mitos, emblemas , indicios” Ed. Gedisa
Cap: “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”
(2) Cuadernos Sigmund Freud 2/3 Maud y Octave Mannoni El estallido de la institución
(3) Graciela Berraute, “Presentaciones psicóticas en la infancia” Ed. Teseo Pág. 14
(4) Octave Mannoni, “Un intenso y permanente asombro” Ed. Gedisa
Cap 5: “El diván de procusto” Pág. 100
(5) Jean-François Llyotard, “La condición postmoderna” Ed. Cátedra Pág. 27 (6) Jean-François Llyotard, La condición postmoderna Ed. Cátedra Pág. 28 |