Centro Oro
Centro Oro
Directoras de Científica: Lic. Norma Fernández - Lic. Analía Helman
Textos

Jornadas Centro Oro 2010 “Figuras del otro”
Sábado 13 de noviembre de 2010

El extranjero: una interrogación para el sujeto"
Lic. Fernando Pequeño

“Sobre el prójimo aprende el ser humano a discernir”.  S. Freud

“Siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de los seres humanos, con tal que otros queden fuera para manifestarles la agresión”. S. Freud

 

La intención de este trabajo es mostrar como es tratada la figura del extranjero y en ese trato su vinculación con la subjetividad.
Al extranjero, en cualquier trato social, se lo distancia. Se le tiene miedo, también resquemor. Es un intruso. Su aparición genera sospecha. Escuchamos muchas veces: viene a sacarnos algo que nos pertenece. Viene a quedarse con lo nuestro.
Me pregunto: ¿Qué será lo nuestro? ¿Lo que consideramos ajeno a lo nuestro forma parte de nosotros mismos?, ¿Por qué razón esto es así?. ¿Aquello que rechazamos, como amenazante del extranjero, formará parte de una raíz común, parte de lo nuestro?
Encontraremos que el extranjero, y lo que proviene de él, forma parte de lo nuestro, e inclusive nos cuestiona en nuestra propia mismidad. Veremos las diversas formas del rechazo de eso que es extranjero a nosotros, pero que forma parte de nosotros mismos.

Todos somos extranjeros para el otro

Leí esta frase en un artículo de un diario y me llamo la atención ambigüedad que poseía. Pues el extranjero es extranjero para uno pero a su vez, este último es extranjero para el otro. En realidad ese “Uno” cree no tener nada extranjerizante para el otro. Solos los “verdaderos extranjeros” son los extranjeros para ese Uno. Curiosa y maniquea manera de pensar e interpretar la cuestión.
Lo que quiero demostrar es que este Uno, que cree no ser extranjero, esta negando una condición de estructura en su conformación como sujeto.
Esa negación, o más bien ese desconocimiento, es lo que Freud denuncia con el descubrimiento del inconsciente. Con su descubrimiento rompe con la idea de una centralidad del yo, formulada en los términos de una escisión del yo. Como consecuencia se produce la descolonización del sujeto convirtiéndose en un sujeto dividido, sujetado a su propia división subjetiva. Es como si Freud, con su descubrimiento, reintrodujera lo extranjero en el sujeto, aquello de lo cual se aísla e insiste en colocar en el otro.
Podríamos decir que algunos sujetos niegan esto y creen sostener firmemente que son Uno y, los que no son como ellos, los extranjeros, se convierten en una amenaza para su integridad imaginaria.
Así la presencia del otro, del semejante es peligrosa.
En la inmigración, sobretodo en el trato al inmigrante, podemos ver muy claramente un ejemplo de ello
“La inmigración como amenaza esta ligado a la presencia del otro en nuestra sociedad”. Lo amenazante es la presencia del otro, aquí centrada en la figura del inmigrante. Pero, qué es lo que amenaza. Lo que amenaza, como decía más arriba, es nuestra supuesta integridad.
Podemos ver que el otro esta en todos lados. Esta en el extranjero como así también esta en el otro que considera a los otros como extranjeros.
Lo que quiero señalar es que hay algo Otro, irreductible en cada uno de los sujetos, que en muchas de estas formas de exclusión, como sucede con el trato dado al inmigrante, aparece negado. Se lo niega rotundamente en nombre de lo Uno.
Ustedes seguramente han escuchado o leído noticias sobre las políticas de los países europeos hacia el tema “de la ola inmigratoria” proveniente de Africa, Asia o Sudamérica. Es decir, de lo que proviene de afuera, de lo que no es Uno, de lo que no es como Uno. Esto no es nuevo pero si tiene una reiteración en los casos y en los tratos hacia esos sujetos que sería prudente considerar.
Se escucha y se lee: “están cerradas las fronteras a los inmigrantes”, “a los espaldas mojadas les tiran con armas de grueso calibre”, “a los descendientes de españoles que tienen sus familiares en España se los deporta”.
Frente al extranjero, que amenaza con su sola presencia, se opone: el oprobio, la deportación, el maltrato, la desconfianza, la expulsión, hasta llegar a la aniquilación.
En esta expulsión no se trata solamente del rechazo de lo diferente, de la aniquilación de la diversidad sino que también, y lo menos considerado, es la expulsión de una parte de si.
Esto me hizo recordar a como trataban los griegos a aquellos que tenían algo que los hacia diferentes, extranjeros. Directamente los tiraban al Mar Egeo. Estas enseñanzas han calada hondo en el mundo judeocristiano ya que más acá en el tiempo se siguieron haciendo con espantosa frecuencia.
La expulsión conlleva el desembarazarse de algo de si mismo, de una parte de si que molesta, que interroga, que pone en cuestión esa integridad del Uno.

Los de afuera vienen a robarnos lo nuestro

Esta frase podría representar la forma de pensamiento que coincide con una estructuración más primaria del aparato psíquico, tal como Freud lo formula en su obra.
Recordemos un poco de que habla: hay una primera estructuración del aparato psíquico que va a estar al servicio del principio del placer y como tal va a rechazar los instintos que provienen del exterior. Solo conservará una cantidad que pueda absorber y el resto será expulsado.
Esa primera formulación del aparato, más primario en su funcionamiento, alojará dentro de si, en el yo, lo que sea posible alojar y rechazara fuera de él lo que es no-yo. En esta formulación el afuera es considerado peligroso, dañino, perjudicial para lo que marca como meta el principio del placer.
Eso si, tengamos presente que esta formulación es de un primer momento de estructuración del aparato psíquico, sacar fuera lo que trae displacer y solo acoger lo que da placer.
El yo placer original introyecta todo lo bueno y arroja fuera de si todo lo malo. En ese momento de constitución del yo son idénticos lo malo, lo ajeno al yo, lo que se encuentra afuera. Podría allí pensarse al prójimo, al extranjero, como aquello que esta afuera, y que es ajeno al yo. No del todo ajeno, porque después veremos que también se puede pensar a este prójimo, como próximo aunque se lo quiera expulsar o rechazar.
En “Pulsiones y sus destinos”, Freud nuevamente menciona que para el yo placer purificado, el mundo exterior se le descompone en una parte de placer que el yo se incorpora y en un resto que le es ajeno. Pero lo más importante es lo que afirma que ocurre con el yo: “del yo propio ha segregado un componente que arroja al mundo exterior y siente como hostil”. (pagina 130 del Tomo XIV, Freud)
Es decir que una parte del propio yo es expulsada de si, y que tiene el tinte de la hostilidad. Como una parte propia, próxima, se vuelve hostil.
Como vemos el prójimo toma la figura de lo hostil, de lo que se desecha, de lo que se quiere mantener alejado aunque forme parte de lo propio.
Ese odio furibundo por el extranjero, por lo extranjero como algo hostil tiene su raíz en esta expulsión de una parte de si.
Esto último puede ver claramente en esa frase recurrente de que la culpa de lo que nos pasa la tiene el otro. Nosotros no tenemos nada que ver con eso.
Esta idea de arrojar afuera lo que pueda conllevar displacer se me ocurre que esta bastante lograda en esta frase popular.
Por tal motivo, en los tratamientos debemos ser pacientes en la espera de una implicación subjetiva sobre lo que un sujeto dice sobre lo que padece. De hecho, en el comienzo se presentará, quejándose de lo mal que lo trata el mundo, de las desventuras que le acarrea el afuera.
Freud lo señala claramente en el “Malestar en la cultura”, dice: “Nace la tendencia a segregar del yo todo lo que pueda devenir fuente de displacer, a arrojarlo afuera, a formar un puro yo-placer, al que se contrapone un ahí-afuera ajeno, amenazador” (pagina 68 del tomo XXI, Freud)
En definitiva, mucho de lo martirizador que se pretendería arrojar de si demuestra ser no obstante inseparable del yo, en tanto es de origen interno. Como si algo nos recordara que: Lo que arrojas afuera de ti es tuyo.

Sócrates: ser o no ser extranjero

Como se trata al extranjero también se lo puede ver en la persona de Sócrates al momento de su defensa ante el jurado en la antigua Atenas.
Sócrates será alguien que no habla como los demás, alguien que habla una lengua extravagante.
En la “Apología de Sócrates”, en su alegato este se defiende de su acusación declarándose un extranjero al discurso del tribunal. Dice Derrida: “no sabe hablar esa lengua pretorial, esa retórica del derecho. No posee la técnica, él es como un extranjero”.
Para Sócrates este hecho de no hablar la lengua lo coloca en riesgo de quedar sin defensa frente al derecho del país donde va a ser juzgado.
Desde el extranjero, el extranjero no tendrá en su lengua defensa alguna.
El extranjero es un extranjero a la lengua de los que habitan el lugar, como lo es Sócrates al derecho de la ciudad que lo juzga.
La primera violencia comienza en esa solicitud de hablar, y de defenderse, en una lengua que no es la suya. El dueño de casa, le impone al extranjero la tarea de traducción de su propia lengua.
Derrida, en su trabajo sobre la hospitalidad, avanza aun más con la siguiente pregunta: si el extranjero hablara nuestra lengua seguiría siendo considerado extranjero.
Me animo a responder, que claro que si.
Sócrates solicita en su alegato ser tratado como un extranjero pues los extranjeros en Atenas tenían derechos: derecho a un juicio, a una defensa.
Pero ahí mismo, en esta solicitud se presente una paradoja, y es la siguiente: Sócrates sabe que como extranjero tiene esos derechos, de defensa ante un tribunal, pero lo que ocurre con Sócrates es, en definitiva, que no es tratado ni siquiera como un extranjero.
Así, el extranjero, con este des-trato se convierte en un bárbaro, en un salvaje quedando absolutamente excluido.
Existe otro aspecto destacable en el mismo trabajo de Derrida que es como se trata “a lo otro”, a lo ajeno, si se le brinda hospitalidad y como son las condiciones para que esta se de.
“La hospitalidad se ofrece, o no se ofrece, al extranjero, a lo extranjero, a lo ajeno, a lo otro. Y lo otro, en la medida misma que es lo otro, nos cuestiona, nos pregunta”.
Aquí también encontramos la raíz del rechazo a la hospitalidad de lo otro, ya que trae aparejada la posibilidad de cuestionamiento de si mismo, del Uno.
Y en que punto aparece este cuestionamiento, no en cualquiera: “Nos cuestiona en nuestros propios supuestos saberes”, introduciendo de por si la posibilidad de cierta separación, división, ruptura, dentro de nosotros mismos. “De nosotros para con nosotros mismos”
La pregunta del extranjero, incluso su presencia, introduce la división del Uno, de aquello que alguna vez creímos ser.
Introduce cierta inquietud, palabra certera para definir la presencia del extranjero en nuestras vidas, “de una inquietud desde donde tal vez nunca nos habíamos preguntado o donde habíamos dejado las preguntas”.
Es así, que eso otro que amparamos nos pregunta, nos confronta con ese, ahora nuestro desamparo.

Tony o el forastero misterioso

En la literatura también encontramos este tema del extranjero y el trato dado a este, un trato de exclusión, siendo el extranjero el centro de todos los males de este mundo.
El libro del cual voy a tomar algunos párrafos es “Blanco nocturno”, la reciente novela publicada de Ricardo Piglia. La historia es la un forastero, uno que llega un día a un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires.
Lo que me interesa extraer de esta novela es esta presencia inquietante, la de Tony Duran, que causa revuelo. Que viene hacer este tipo a estas tierras, un morocho con un lenguaje que no se entiende del todo. Que querrá, de nosotros.
“Era extraordinario ver a un mulato tan elegante en ese pueblo de vascos y de gauchos piamonteses, un hombre que hablaba con acento del Caribe pero parecía correntino o paraguayo, un forastero misterioso perdido en un lugar perdido de la pampa”
Lo que es extraordinario de este párrafo es que Tony no era el único extranjero, pues los que miran al extranjero en ese pueblo son también “vascos” y “gauchos piamonteses”, también extranjeros. Pero estos últimos, miran a Tony como alguien distinto, que tiene rasgos diferentes a los suyos, un mulato.
La mirada del que mira, es la mirada del huésped, más bien diría del dueño de la tierra. Y este mira al que llega con curiosidad y no solo con eso.
Uno del pueblo dice: “- Pero no era uno de los nuestros, era distinto, aunque no fue por eso que lo mataron, sino porque se parecía a lo que nosotros imaginábamos que tenia que ser”.
Es interesante este apelativo “a que no era uno de los nuestros”, porque eso es lo que parece provocar la presencia del extranjero, la idea de que algo de la uniformidad, de lo nuestro, esta amenazado en su consistencia.
¿Qué será ser uno de los nuestros? Creo que esta apelación a lo nuestro encierra cierta idea de autoctonia, donde lo nuestro es lo seguro, y por consiguiente lo de afuera, lo foráneo fragiliza lo que creemos establecido.
Pero en la novela los sorprendidos no son solo los que habitan en el pueblo sino que esto también le sucede al propio Tony Duran cuando manifiesta con cierto asombro que: “…no entendía porque querían escuchar la historia de su vida, que era igual a la historia de vida de cualquiera…”.
Al extranjero también le despierta curiosidad, tal vez extrañeza, lo que él despierta en los otros. Y digo a los otros porque es esto lo que aparece negado en esa idea de “no era uno de nosotros”, que no son tantas o no son para tanto las diferencias. Tony cuenta: “No son tantas las diferencias, hablando en plata, lo único que cambia son los enemigos”.
Aparecen otros detalles en la novela que vale la pena destacar, por ejemplo, cómo va desplegándose el papel del forastero y consecuentemente cómo es el trato dado “por los lugareños”.
En otra parte de la novela Tony Duran se acerca a una casona familiar de alta alcurnia. Cuando llega lo recibe la mucama pero al verlo mulato, por error, lo manda por la puerta de servicio. El error de visión, ¿Qué fue lo que vio la mucama?, ¿Qué vio en lo que vio?, dice que el error fue “que lo vio mulato y pensó que era un peón disfrazado”.
Y en el encuentro posterior con el Viejo, el aristócrata dueño del lugar, sucede lo siguiente:
“Tony no entendía las relaciones y las jerarquías del pueblo”. En este punto es como Sócrates que no entendía el discurso de los jueces. Lo que Tony no entendía es que había zonas que no se podían acceder aunque se tuviera plata.
El Viejo le quería “hacer ver de entrada a ese forastero arrogante cuales eran las reglas de su clase y de su casa. Seguramente el Viejo se había preguntado – y todos se hacían esa pregunta- cómo era posible que un mulato que decía venir de Nueva York apareciera en un lugar donde los últimos negros habían desaparecido cincuenta años antes o se habían disuelto hasta borrarse  y formar parte del paisaje, y no explicará nunca claramente para qué había venido e insinuará que venia a cumplir una suerte de misión secreta”. 
A que punto podía llegar el trato al extranjero que el Viejo le advierte a Tony Duran: “Lo van a llamar el Zambo  (recuerden el color de su piel). Y el autor en una llamada al pie de pagina nos recuerda que los zambos son los mestizos de indios y negros, “eran el punto más bajo de la escala social en el Río de la Plata”.
Tal vez esta definición del zambo exprese con mayor claridad el punto de máximo rechazo de lo que no queremos que de ningún modo forme parte de lo nuestro, aunque eso otro forme parte.

Para finalizar quería arribar a algunas conclusiones, abiertas a la discusión y para nada definitivas.
Como decía al introducir mi trabajo existe un malestar que me parece, es imposible de soslayar, y es que aquello que rechazamos indefectiblemente forma parte de nosotros mismos. Es, fue y será parte de nuestra constitución subjetiva.
La cuestión estará en cómo cada uno enfrente ese malestar constitucional, creo que será la medida de cómo soportemos eso otro que nos interroga en nuestro propio ser.
“Este yo nos aparece autónomo, unitario, bien deslindado de todo lo otro”. Esta apariencia, afirma Freud, es un engaño.
Como es entonces el ser humano “no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan sino que es licito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”
Si como Freud nos dice en el epígrafe que del prójimo, del extranjero, el sujeto aprehende a discernir, creo que lo aprehende a discernir que con lo que inevitablemente se encuentra es con que no es lo que creía ser, que su ser esta en falta, discierne que no es lo Uno.

Güemes 4710 - Palermo - Ciudad de Buenos Aires - Argentina - 4773-8289 / 4037 y 4772-8851 - centrooro@centrooro.org.ar